Nace en San Sebastián en noviembre de 1961, en una familia tan humilde como generosa y, sobre todo, de hondo sentimiento católico. Su padre -ya fallecido-, oriundo de Soria, fue dependiente de supermercados, mientras que su madre, euskaldún de pura cepa, de un caserío cercano a Loyola, trabajó como limpiadora y frutera hasta llegar a la jubilación de la que disfruta ahora.
Munilla y sus dos hermanos, Esteban y Ana Rosa, aprenden el vascuence y los rudimentos de la Fe de boca de su madre. A costa de grandes esfuerzos por parte de sus progenitores, los Munilla estudian en un buen colegio de la zona: los corazonistas de Mundaiz.
Una primera clave para entender su biografía: San Sebastián, coronado por la inmensa estatua de Jesús del monte Urgull, el santuario de Loyola, Mundaiz y los corazonistas; aquí podemos ver los signos de un leiv motiv que ha de estar presente, paso a paso, en toda la existencia de monseñor: la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús.
Siente pronto la vocación al sacerdocio. Con dieciocho años se dirige a su obispo, D. Jacinto Argaya para decirle que quiere entrar en el seminario y este le encamina al Seminario de Toledo, que en aquel momento estaba en su plenitud.
Un año después le sigue su hermano mayor, Esteban. El seminario de la ciudad del Tajo se convierte, por obra de D. Marcelo González, arzobispo de Toledo y primado de España, en bastión de ortodoxia y apostolado durante los turbulentos años del post-concilio.
“Ya por entonces era muy espiritual y transparente -recuerda el Padre Pablo Cervera, compañero de seminario de Munilla-; un vasco de manual, sencillote y simpático. Al venir de una familia donde no sobraba nada, los dos hermanos sabían buscarse muy bien la vida. Eran los manitas del seminario. A Esteban le pusimos de mote “chispasa” porque se le daban muy bien las cosas de electricidad y los cables, así que a José Ignacio, carpintero consumado, le tocó ser “carpintasa”.
Morriña vasca
Es el tiempo de la forja intelectual, moral y espiritual; son años de bildungsroman. A la formación que recibe en el seminario, donde profundiza en la espiritualidad ignaciana que siempre le ha hecho vibrar, se suma un año extra de teología espiritual que cursa con D. José Rivera, un sacerdote con fama de santidad del que ya se ha abierto el proceso de beatificación.
No solo los gallegos tienen morriña. A Munilla le tira su tierra, pero tiene claro que le han mandado a formarse y en eso está hasta que recibe una llamada del obispado de San Sebastián: si queréis ser sacerdotes de esta diócesis tenéis que terminar los estudios en San Sebastián. Así lo hicieron. Los hermanos Munilla se cogen el macuto; de vuelta para Donosti. Finalmente, tras dos años en el seminario de dicha ciudad, recibe el 29 de junio de 1986 la ordenación sacerdotal de manos del obispo Setién.
Una anécdota que denota otro rasgo de su carácter: la perseverancia. Para llevar el proceso de inculturización hasta el final, estudia un año de vascuence en la abadía de Lazcano, donde obtiene el título oficial de maestro en dicha lengua. También concluye la licenciatura de Teología, especializándose en espiritualidad por la facultad de Burgos.
Pronto llega, en 1986, su primer destino como sacerdote: coadjutor en La Asunción, en Zumárraga. 10.000 habitantes en el fondo de un valle guipuzcoano, una economía que mezcla la agricultura y la ganadería con una notable industrialización que atrajo a bastantes “maketos”, mucha droga y un ambiente político complejo; en no pocos aspectos, Zumárraga parece una síntesis en miniatura de la dificil sociedad vasca.
El mendigo heroico
Munilla emprende en el pueblo una labor de evangelización profunda y, por ello, comienzan las incomprensiones. Entre él y su hermano Esteban montan el Movimiento Loiola: una asociación de curas y laicos muy vinculada al santuario ignaciano que durante bastantes años ha sido casi el único vivero de vocaciones en las secularizadísimas vascongadas. Muchas familias se oponen a ellos, especialmente cuando sus hijos deciden consagrar sus vidas a Cristo como sacerdotes o monjas. Incluso se montan campañas desde los medios en su contra.
En los ambientes batasunos no sientan nada bien las prédicas no politizadas del nuevo cura del pueblo que, además, se trae a los chavales de calle. Un día, un grupete de seis simpatizantes de ETA le montan un amago de lío en el atrio. Lo disuelve el mendigo de la parroquia, él solito. Munilla le había invitado a cenar a su casa el día de Nochebuena y le daba cobijo y no tolera que ahora se metan con su cura.
Son los años ochenta, y la heroína y el SIDA arrasan las deprimidas comarcas industriales de vascongadas. Munilla colabora con el Proyecto Hombre, acoge a muchos drogadictos -algunos del mundo batasuno- en la iglesia, incluso les abre las puertas de su casa para que pasen allí el mono. De aquel periodo, a pesar de los logros conseguidos con muchos chicos que consiguen desengancharse, le queda un doloroso recuerdo: entierra a 87 jóvenes víctimas del caballo.
En 1990 le nombran párroco de El Salvador, también en Zumárraga. La parroquia, por entonces, era un bajo en la zona de crecimiento urbano del pueblo. Poco a poco, implicando a toda la comunidad de fieles, y recurriendo a las reconocidas cualidades de manitas de Munilla, levantan un nuevo templo.
En el 2006, tras veinte años de cura en Gipuzcoa, se produce un gran salto en su trayectoria eclesial; Benedicto XVI le nombra obispo de Palencia. Podemos ceder a la tentación de ver actuar a la Providencia; la capital de Tierra de Campos también está custodiada por una estatua del Sagrado Corazón.
Durante los próximos tres años se patea todas la parroquias y pueblos de su diócesis. Construye un albergue de Cáritas, un centro para atender a mujeres que han abortado, un centro de educación sexual para jóvenes, hasta participa en el rescate a los heridos por una explosión de gas en una urbanización al lado del palacio arzobispal, donde llegó antes que los bomberos. “Ha sido muy pastor en Palencia”, afirma el director de la editorial Libros Libres Alex del Rosal.
Un gran comunicador
Sus cartas pastorales de este periodo causan sensación: son claras, amenas, valientes; no rehuye ningún tema por polémico que sea. Aquí vemos otro rasgo de su personalidad: sus dotes de comunicador. Tampoco tiene miedo a las nuevas tecnologías para anunciar el Evangelio: youtube, videos, una web personal…
Ignacio Arsuaga, presidente de Hazte Oir, nos comenta que “es uno de los dos obispos con los que me he intercambiado emails”. Monseñor Munilla incluso cuenta con un programa radiofónico diario en Radio María donde explica el catecismo y aborda temas de actualidad. “Tiene don de lenguas -asegura el director de comunicación de Intereconomía Rafael Miner-, responde siempre con claridad y prudencia”.
Y ahora, de regreso a San Sebastián. Su nombramiento ya es oficial. La toma de posesión tendrá lugar en la Catedral del Buen Pastor, el 9 de enero de 2010, a las 12 del medio día. El Vaticano parece haber entendido que, precisamente, lo que la castigada diócesis de Gipuzcoa necesita son eso: buenos pastores. A pesar del tenso silencio impuesto, en su nueva diócesis son muchos los que, creyentes o no, desde el fondo de sus corazones están recibiendo a monseñor con un lema que él entenderá perfectamente: “¡Aurrera!”.
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Entrevista a Monseñor Munilla en ALBA: “Un obispo busca a corazón abierto a los que le han sido encomendados”.

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