La ciudadela de Gozo, identidad cristiana y mediterránea del archipiélago maltés.

La república de Malta, cuya población se sitúa sensiblemente por debajo del medio millón de habitantes, está conformada por tres islas, la principal -que comparte nombre con el país-, Gozo y Comino. Su tamaño, empero, no es óbice para que haya tenido y siga teniendo una importancia crucial en Europa: baste con decir que está situada a 93 kilómetros del sur de Sicilia y a 288 del norte de Túnez, con todo lo que ello significa en términos históricos y estratégicos.

“Las islas tienen siete mil años de historia, dispone de templos situados tanto por encima como por debajo de la tierra, sin obviar la presencia, durante tres siglos, de la Orden de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, somos un pueblo hospitalario”, explica a ALBA Simon Kamsky, responsable de turismo de Malta para los países del sur de Europa.

Primero fue poblada por los cartaginenses y luego por los fenicios. También vinieron los árabes. Sin embargo, el gran acontecimiento histórico que forjó decisivamente la identidad cristiana de Malta fue la inesperada visita de San Pablo, allá por el año 60 después de Cristo. En su último viaje a Roma, el barco del apóstol naufragó y se quedó tres meses en Malta. No perdió el tiempo y creó el primer obispado.

El resultado, es que, a día de hoy, Malta es, en palabras de Kamsky, “uno de los países más católicos del mundo”. Lo confirman las estadísticas: el 98 % de la población es fiel a Roma y cuenta con 360 iglesias, lo que significa, aproximativamente, algo más de una por mil habitantes. Por eso atribuye “mucha importancia” a la visita papal, que será la tercera, tras las dos de Juan Pablo II.

Una heroicidad que no falla

España contribuyó de forma decisiva a esta identidad. En 1530, Carlos V cedió el uso y disfrute de la isla a los caballeros de San Juan de Jerusalén a cambio de la entrega anual de un halcón como alquiler. La mayor hazaña se produjo en 1565 cuando la población y los caballeros resistieron el sitio de los otomanos, liderados por Solimán el Magnífico. La relación de fuerzas era de uno a diez a favor de los otomanos. “Es uno de los momentos más gloriosos de nuestra historia”, señala Kamsky.

En 1798, Napoleón invade la isla y expulsa a los caballeros, pero quince años más tarde se la tiene que ceder a Gran Bretaña, que rigió sus destinos hasta 1964. Al visitar Malta, la huella británica salta a la vista, especialmente en la capital, La Valeta. “Pero -recalca Kamsky- los ingleses nunca nos obligaron a abrazar la fe anglicana. Vivimos muy bien con ellos”.

Y bajo mandato británico, en plena Segunda Guerra Mundial. Malta vivió otro momento tan heroico como el del sitio de 1565. Asi lo cuenta Kamsky: “Malta era muy deseada por las fuerzas alemanas. Durante seis meses en 1942, Malta vivió sin abastecimiento alimentario hasta que el quince de agosto llegó un convoy con alimentos, que salvó a Malta de ser prácticamente eliminada. Hoy lo recordamos como el día de Santa María”. O sea, la Virgen volvió a salvar a Malta.

La heroicidad fue premiada esta vez con una colectiva Cruz de Jorge, una de las más altas condecoraciones británicas, que hoy figura en su bandera.

Hoy, Malta es un miembro apacible de la Unión Europea y un destino turístico especialmente atractivo. Kamsky: “Recomendamos al viajero que permanezca por lo menos una semana. Un día en La Valeta, otro en los pequeños municipios situados al otro lado del puerto, etc… Y no hay que olvidar visitar las catacumbas de San Pablo. Además, desde la navegación hasta el senderismo y el montañismo en todas sus modalidades, las actividades al aire libre son innumerables”.

El clima es suave en invierno -entre 18 y 20 grados de media- y caluroso en verano.

Desde España, hay tres vuelos semanales desde Madrid y Gerona, y dos desde Barcelona y Valencia. “Estamos trabajando en más aeropuertos”, asegura Kamsky.