Portada de ALBA. A la derecha, la Nieuwe Kerk de Ámsterdam.

Una imagen vale más que mil palabras y Ámsterdam no es una excepción. La Nieuwe Kerk -Iglesia Nueva-, un edificio de tipo gótico, durante siglos símbolo de la identidad cristiana de Holanda, suele usarse hoy como sala de exposiciones de cualquier tipo. La única excepción reciente se produjo en 2002 con motivo de la boda del príncipe heredero Guillermo Alejandro.

Mientras, en la ciudad hay una veintena de mezquitas funcionando a pleno rendimiento. Y es que el 5,8% de los 16.700.000 habitantes del país batavo practica el islam, y de forma muy convencida. Pero no es lo peor: el 42% afirma no pertenecer a ninguna confesión. Y, dentro del 30% de católicos o 17% de protestantes, la asistencia a la misa o a los oficios dominicales no congrega ni al 10% de los bautizados de ambas confesiones. Eso significa, por ejemplo, que en la diócesis primada de Utrecht -una de la principales ciudades holandesas- practican menos de 88.000 católicos.

Holanda, o el feudo del relativismo moral, de las 2.500 eutanasias y 400 suicidios asistidos anuales. Su decadencia moral ha transcurrido por el mismo cauce que en el resto de democracias avanzadas de su entorno. Sin embargo, tiene rasgos propios que hunden sus raíces, al menos en lo que concierne a la Iglesia Católica, en el frenesí posconciliar acaecido bajo la batuta del entonces primado y arzobispo de Utrecht, el cardenal Bernardus Johannes Alfrink.

La ‘eutanasia’ de la Iglesia

En 1966, menos de un año después de que finalizara el Concilio, el Episcopado publicó el conocido como Nuevo catecismo holandés, que recoge posiciones ambiguas sobre aspectos esenciales del Magisterio como el pecado, la Redención, la Eucaristía, la virginidad de María o el papel del Papa. Dos años más tarde, en 1968 -fecha fatídica donde las haya-, Pablo VI creó una comisión ad hoc con los obispos holandeses para aportar las correcciones.

Pero Alfrink y los suyos no sólo siguieron atrincherándose en sus posiciones, sino que intensificaron la rebeldía en enero de 1969 con la Declaración de independencia de Noordwijkerhout, localidad sita en el mar del Norte, en la que los 109 miembros del Consejo Pastoral Holandés -organismo formado por obispos, sacerdotes y fieles- se reafirmaron en su defensa del Nuevo catecismo y, además, invitaron a los fieles a rechazar la encíclica Humanae Vitae, publicada un año antes.

En ella, el Papa establecía la enseñanza eclesial en materia de contracepción. Se puede decir, por lo tanto, que Holanda fue la cuna de la contestación eclesial y del ‘magisterio paralelo’. Y añadir, para comprobar los resultados de esta aventura, que antes de 1966, el 35% de los holandeses se declaraba católico frente al 17% de hoy.

Conviene señalar que, entre las excepciones figuraba el ex ministro de Exteriores y ex secretario general de la OTAN, Joseph Luns, que no dudó en utilizar las tribunas que se le ofrecían para resaltar su fidelidad al Papa frente a los ‘minipapas’ holandeses, que así los llamaba.

Sin embargo, en lo que se ha convertido, con el paso del tiempo, en un solar moral, brotan desde hace dos décadas iniciativas de reevangelización que, si bien no consiguen de momento invertir la tendencia, sí que han ‘marcado territorio’.

Los Misioneros y Misioneras del Amor Crucificado y Resucitado llevan más de veinte años anunciando el Evangelio en Holanda. Tienen un monasterio en el centro de Maastricht en el que también viven laicos. Respecto de su método misionero, su responsable, el P. Bartholomy, explica a ALBA que invitan a “la gente a venir a nuestras misas, veladas de oración y coloquios. Cuando la gente quiere hablar con uno de nosotros, aquí estamos y también hay orientación pastoral”.

Otra de las peculiaridades de esta comunidad es que siempre hay en la capilla al menos una persona adorando al Santísimo, “a cualquier hora del día”. Decisión osada, pues en Maastricht practica menos del 5% de los católicos.

* Reportaje íntegro en el número 263 del semanario, desde el viernes 5 de febrero en los quioscos.