En su historia de la cirugía estética, E. Haiken narra cómo la actriz Fanny Brice, en 1923, causó la estupefacción del público norteamericano al aparecer en público tras haberse retocado visiblemente la nariz.

Cuarenta años después, cuando la cantante Barbra Streisand sube por primera vez a un escenario, el debate de la audiencia, según Haiken, había cambiado: lo extraño era que Streisand -de característica nariz ganchuda- no se hubiera retocado la nariz. Se había popularizado ya la cirugía estética: en cambio, aún no se sabía que el negocio de la belleza fuera a tener un potencial ilimitado.

La fecha de 1923 no responde al azar. Los estragos causados por la Gran Guerra habían tenido un efecto colateral: la medicina debió dar respuesta a tantos soldados heridos que buscaban reconstruir sus tejidos para volver a su vida normal. Sin embargo, este parcial origen militar de la cirugía estética se solapó con un fenómeno aún más determinante: el paso de una sociedad puritana a una cultura secular y consumista. Añádase la aportación de la psicología: en 1927, Adler habla por primera vez del “complejo de inferioridad”, concepto que conoció enorme arraigo y que conllevaba, entre otras cosas, la noción de que las malformaciones físicas alimentaban un complejo que, a su vez, desencadenaba otras disfunciones de orden psíquico.

España, primer país de Europa

Así se iba purificando una disciplina médica marcada, desde sus inicios, por la sospecha: al margen de su primera -y poco sofisticada- aplicación en los campos de batalla napoleónicos, la cirugía estética, circunscrita ante todo a la nariz, tuvo no pocas aplicaciones sospechosas.

En primer lugar, se aplicó a sifilíticos de nariz hundida y a delincuentes penados con amputación parcial de la nariz, lo cual no honró mucho la fama de la cirugía. En segundo lugar, sirvió para propósitos eugenésicos: deshacerse de una nariz irlandesa, negra o judía, o -conforme pasó el tiempo- equiparar el amplio busto latino al talle fino del ideal ario de belleza. Como fuere, poco a poco se disolvía la vieja tradición de que la vanidad no era motivo suficiente para la intervención quirúrgica.

La situación actual, sin duda, es muy distinta, y obedece a motivaciones muy distintas. Holly Brubach señala cómo, en algunas partes de EEUU, ya nadie sabe cómo es una mujer de cincuenta y cinco años según su desarrollo natural. Asistimos a la popularización de la cirugía. España es el primer país de Europa y el cuarto del mundo, desde 2004, en cantidad de cirugías plásticas realizadas, sobre todo en menores de 21 años, quienes copan cuatro de cada diez operaciones.

Según las estadísticas de la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética, en 2006 se realizaron 300.000 intervenciones. El bótox, frecuentemente aplicado por no especialistas, se lleva la palma con un 14%. Al año se colocan, además, más de cincuenta mil implantes mamarios. En lugares más discretos quedan las rinoplastias -intervenciones en la nariz- y las inyecciones de colágeno. Situados en una perspectiva mundial, las operaciones estéticas se han quintuplicado en veinticinco años. Y siguen creciendo, con nuevos rasgos.

Superviviencia del más guapo

Veamos algunos de estos nuevos rasgos. La cirugía es transversal y no es privilegio de los ricos: las clases sociales más bajas destinan comparativamente más dinero. Operaciones que antes se disimulaban ahora se hacen públicas, con todo orgullo. Hay programas de televisión dedicados a mostrar el antes y el después de estas intervenciones.

Cada vez más, se difumina la frontera entre dermatología y cirugía. Surge el fenómeno de la adicción a la cirugía, en conexión con desórdenes como el trastorno dismórfico corporal, que lleva a concentrar todos los males de una persona en un solo rasgo. Analizamos la cirugía estética como el cruce de caminos entre la medicina y el consumismo.

Existe ya un ‘turismo quirúrgico’. Se realizan ‘liftings preventivos’. E incluso se operan cada vez más partes del cuerpo con propósitos estéticos: incluso los genitales. Y se disimula una verdad evidente de la cirugía estética: que conlleva riesgos muy reales, como recuerdan médicos como Margaret Riley, en pro de una información más rigurosa.

* Reportaje íntegro en el número 263 del semanario, desde el viernes 5 de febrero en los quioscos.