Septiembre de 1939: comienza el exterminio

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Seis años y un día, como si de una condena colectiva se tratase, duró la contienda. El aterrador balance de víctimas mortales se estableció de modo indeterminado entre los 50 y los 60 millones, cantidad que la apertura de los archivos soviéticos en los últimos años ha matizado al alza.

El elevadísimo número de bajas produce mayor espanto por cuanto más de la mitad del total son civiles. Ancianos y niños, mujeres y enfermos, sufrieron la violencia del conflicto con una intensidad inimaginable; fueron bombardeados los hospitales, hundidos los buques de pasajeros, los transportes civiles, arrasadas las industrias de toda condición, reducidas a escombros poblaciones enteras, quemados campos y cosechas, sometidas millones de jóvenes al papel de esclavas sexuales, se trasladaron etnias desde sus emplazamientos seculares a nuevas tierras a las que llegaban diezmadas, se utilizaron rehenes escogidos entre los inocentes, se fusiló en masa, se eliminaron contingentes de miles de personas, se experimentó con seres humanos… el muestrario es inagotable.

En ocasiones la guerra proporcionó la coartada para poner en marcha los más siniestros planes. La evacuación de judíos desde Alemania o la aplicación de una política de aniquilación de los hebreos en el este de Europa.

El “bombardeo de alfombra” aliado o el programa de eutanasia nazi. La evacuación de millones de personas por razones étnicas dentro de las fronteras de la URSS o las violaciones en masa perpetradas por las tropas del Ejército Rojo en Europa oriental y central.

Si bien es evidente el papel que desempeñó la ideología del exterminio tanto en la URSS como en la Alemania nazi, no fue aquella privativa de éstos. La URSS y el Tercer Reich encarnaron el espíritu de una época en la que los proyectos colectivos sumergían al individuo en una masa que enloquecía en pos de un fin quimérico, que parecía justificar las peores atrocidades.

El caldo de cultivo

La IIGM fue un brutal estallido de modernidad. Teléfonos, aeroplanos, automóviles, movilización general, tanques, submarinos, incorporación de las mujeres a las fábricas, trenes, disposición de la producción para la guerra, socialización de la población, camiones…

La confianza en el progreso ilimitado y en las posibilidades de que la ciencia terminara entregando sus últimos secretos al ser humano para llevarle a una nueva era plena de felicidad hizo el resto: sólo el progreso marcaba los límites de lo permisible. La moral, al menos como había venido siendo entendida, había muerto. Bajo tales supuestos, la pesadilla estaba servida.

Franceses, americanos, alemanes y británicos, reclamaban la superioridad de su ciencia sobre la del enemigo; el británico Chamberlain y el francés Gobineau proclamaron la superioridad de la raza nórdica; Alfred Ploetz, reputado médico alemán propuesto para el Nobel, sostenía que los avances de la medicina eran perjudiciales para la humanidad por cuanto permitían la supervivencia de los menos aptos.

En consecuencia, la guerra era positiva si se enviaba al frente a los individuos menos dotados, como carne de cañón, cuya tarea sería la de preservar a los mejores representantes de la especie. Francis Galton había formulado su teoría eugenésica, y el darwinismo social contaba con un amplio respaldo entre eso que se llama “la comunidad científica”.

En 1920 surgió, en Leipzig, una popular teoría que consideraba la existencia de “vidas indignas de vivirse”, de la mano de un abogado (Binding) y de un psiquiatra (Hoche). Mientras, la Fundación Rockefeller, patrocinaba la “higiene racial”.

Las personas mentalmente enfermas se convirtieron en una carga que no había por qué sostener antes que hacer desaparecer. El doctor Erwin Lieck había desarrollado la idea de que la enfermedad era consecuencia de la debilidad moral.

Para el reconocido botánico Ernst Lehmann, el individuo debía someterse por completo al conjunto del Volk, y Lorenz establecía claros paralelismos entre la domesticación de animales de compañía y las relaciones entre las distintas razas humanas.

Entre las dos guerras mundiales, la capacidad tecnológica se incrementó notablemente. Surgieron las investigaciones con material atómico, o la ampliación del radio de acción y de la capacidad mortífera de los bombarderos; el desarrollo científico vino de la mano de un cambio de la mentalidad.

Se abrió camino con naturalidad la idea del exterminio del enemigo. Este ya no era sólo el soldado del frente, sino también la mujer que trabajaba quince horas al día para elevar la producción y enviar más aviones o más blindados a sus hombres.

Terminar con esa mujer era tan importante como matar al soldado, y aun más; y si no, destrozar su moral reventando a sus hijos, a sus hermanos o a sus padres. El cientificismo había culminado su despliegue en una completa barbarie.

Por supuesto, todo esto se aderezó con las consabidas consideraciones humanitarias. En Alemania, la eliminación de los físicamente disminuidos fue justificada con el argumento de que los recursos destinados a su mantenimiento debilitaban a la nación; para los soviéticos, todo sacrificio era poco cuando se trataba de ganar el paraíso en la Tierra, y aun hoy, los norteamericanos siguen sosteniendo que el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki fue necesario para evitar la pérdida de un número mucho mayor de vidas humanas.

Lo cierto es que la IIGM produjo unos 35 millones de víctimas civiles -sobre los 60 millones totales-, que cabe considerar como consecuencia de esa “cultura del exterminio” que se venía incubando desde décadas atrás.

Ningún conflicto ha producido tal número de muertos, de heridos, de mutilados y de desaparecidos; y, por primera vez en la historia, la cantidad de civiles muertos superaba a la de militares.

Muertos, esclavos, vagabundos

La vorágine de la guerra se llevó por delante casi todo. De septiembre de 1939 al mismo mes de 1945, una especie de vértigo se apoderó de la humanidad. Un conflicto que abarcó toda suerte de latitudes y longitudes provocó una polarización mundial en torno a los acontecimientos. Tan solo diez estados en todo el mundo pudieron y quisieron mantenerse neutrales durante toda la guerra.

Cuando el conflicto terminó, a lo largo y a lo ancho de la geografía europea, como cicatrices, innumerables fosas recorrían su superficie. De entre las solitarias ruinas de las ciudades alemanas surgían fantasmales figuras mendigando un pedazo de pan. Miles de famélicos presos liberados vagaban sin saber adónde ir.

Cientos de miles de desocupados soldados norteamericanos aguardaban ansiosos su repatriación mientras hacían todo tipo de negocios a costa de los depauperados europeos. Un par de millones de esclavos rusos que habían sobrevivido a los horrores del cautiverio germano languidecían a manos de sus compatriotas liberadores, quienes les consideraban traidores por haber caído en manos de la Wehrmacht.

Esqueléticos cuerpos de mujeres y niños fueron exhumados en aquellos primeros días y seguirían siéndolo en los años que estaban por venir. Decenas de millones de europeos deambulaban por todo el continente en busca de un nuevo hogar, portando sus enseres en un ligero hatillo que descansar sobre los hombros o tirando de improvisados carritos, como habían hecho sus antepasados trescientos años atrás, durante la guerra de los treinta años.

Entre tanto horror, las únicas voces que se alzaron contra la barbarie fueron cristianas, católicas en su mayor parte, pero también anglicanas y evangélicas. Pero eso, como diría Kipling, es otra historia.