Alas Solidarias pone “alas a la voluntad de las ONG”

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Ahora mismo hay en Níger unos 15.000 niños abandonados. Niños que mueren de hambre, de sed, de soledad. Niños que tienen el mismo estatus que un perro, a los que los policías pueden dispersar a pedradas y a los que nadie va a defender porque, sencillamente, están solos en el mundo.

Sus padres -aquellos que debían procurarles un hogar y el elemental cariño que el ser humano necesita- los abandonaron, y su vida ha quedado reducida a esperar la muerte sin siquiera derramar una lágrima. Saben que no servirá de nada. También ahora, en Gaza, hay decenas de niños que morirán si no se les opera urgentemente de unos males que, si en Occidente son un gran susto, en su Gaza natal son una sentencia de muerte; pero no pueden salir por motivos políticos.

Y sabiendo eso, siendo conscientes de que son ya demasiadas las víctimas inocentes de la peor cara del ser humano, parece de sentido común, de pura humanidad, pensar en hacer algo. Mientras que para muchos esa necesidad de hacer algo no dura más que el tiempo que tardamos en convencernos de que no servirá de nada -‘qué voy a hacer yo para cambiar el mundo’- hay otros, los menos, que hacen de ese instante el inicio de un camino duro, largo y muchas veces ingrato.

Muchas ganas, pocos medios

Esos pocos son héroes; héroes que podrían hacer mucho más bien del que ya hacen si el resto les acompañáramos, al menos materialmente, en el camino. Ayudar es el objetivo principal de Alas Solidarias, una nueva ONG integrada por pilotos que cuenta con un avión medicalizado y adaptado para aterrizajes en pistas sin asfaltar, de forma que puede llegar a zonas que de otra forma serían inaccesibles.

Su ideólogo y presidente, Juan Vidal, explica a ALBA cómo surgió Alas. “Nace como resultado de la inquietud de distintas personas. Teníamos la idea de volar a África y el verano pasado me lo tomé en serio y pensé ‘vamos a intentar hacer algo’. Empezamos a reunirnos en Madrid como un grupo con muchas ganas y pocos medios“.

Después de unas cuantas llamadas, el Real Aeroclub de España cede un despacho a Alas Solidarias. El proyecto despega y llega el momento de hacer realidad las ilusiones. Su objetivo inicial -cubrir los 500 kilómetros que separan los campamentos de refugiados del Sáhara de una atención sanitaria decente- queda en stand-by a la espera de solucionar el papeleo propio de una zona declarada ‘de guerra’. Pero Alas ya se había dado a conocer y su ayuda era necesaria en otros muchos sitios del mundo.

Así recibió la llamada del padre Ángel, fundador de Mensajeros de la Paz. El mensaje: 30 niños de Gaza necesitan un avión para viajar a España y ser operados en Madrid. Se juegan la vida; sin la operación, están condenados a muerte. Vidal cuenta a ALBA que ya está todo listo. “Tenemos el avión preparado, los pilotos, el combustible…y este proyecto nos tiene a todos rotos”. ¿Por qué? “No podemos ir a por los niños por temas de visado. En Gaza no podemos aterrizar, el aeropuerto está destruido; en Tel Aviv tampoco por seguridad, así que nos planteamos aterrizar en El Cairo, pero Israel no quiere porque se crea un precedente… Al final se optó por Amán (Jordania), pero los niños tienen que atravesar Israel y el Gobierno israelí tiene que dar luz verde”.

En la última comunicación de Vidal con el padre Ángel, éste le contaba que los israelíes pedían teléfonos. “Parece que te ponen difíciles las cosas para que la próxima vez te lo pienses dos veces”, lamenta Vidal. “Yo llevo poco tiempo en cooperación, metido en harina, y ver que hay unos niños que se están muriendo por temas de burocracia, de odio, de rencor…”. Por ahora no pueden ir a Gaza, pero sí han conseguido los permisos para viajar a Irak y recoger a varios enfermos y huérfanos de guerra. Partirán, si todo va bien, el próximo 27 de julio.

El presidente de la recién estrenada Alas confiesa que no es el mismo que hace un año. Ha vivido experiencias que le han chocado y que, reconoce, aún está intentado superar. Porque si difícil es entender que la poderosa política pueda más que la vida de 30 niños, es imposible asimilar que haya miles de pequeños literalmente solos por el mundo. Y eso lo descubrió Vidal en Níger, tras contactar con las ONG que trabajan en la zona. “El viaje a Níger fue terrible. La idea era conectar la capital con la región de Maradí; cuando aterrizamos en el aeropuerto, en una pista en muy malas condiciones, aparecieron de la nada decenas de niños. Querían acercarse, tocarnos, pedir un caramelo… De repente llegan unos militares y empiezan a golpearlos. Eran niños abandonados, tenían llagas en las manos, probablemente algunos lepra. Echaron a correr y uno pequeño, de unos tres años, se quedó un poco rezagado, mirando. Uno de los policías le lanzó una piedra a la cabeza, le hizo una brecha y el niño se marchó”.

Corazones endurecidos

El infierno de Níger continúa, va mucho más allá. Vidal lo comprobó en un alto en medio de la sabana. “Estábamos inspeccionando una zona y apareció un niño, también de unos tres o cuatro años, detrás de un árbol. Yo me acerqué, le tendí la mano y estuve con él. Cuando llegó el momento de subirnos al todoterreno miré a mi alrededor y vi que no había ni un adulto, ni casas, nada”. Otro niño abandonado, una realidad cotidiana en Níger que endurece los corazones de quienes allí trabajan, pero que tocó demasiado hondo el de Juan Vidal. “Estoy intentando superar esa situación porque pienso que tenía que haber cogido al niño y subirlo al coche”.

Vidal es consciente de que no va a cambiar el mundo, pero sí la vida de algunas personas. “Lo que podamos hacer en Níger son historias, vidas que mejoran algo. No podemos cambiar los problemas de Áfica porque hay demasiados intereses creados” reconoce, pero pone todo de su parte para aliviar el dolor de al menos uno.

Más allá de un reducido equipo que vive de trabajar en Alas Solidarias, el capital humano se compone de voluntarios que dedican su tiempo libre a transportar esperanzas.