El abismo entre minaretes y campanarios

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Una significativa mayoría de suizos -un 57 por ciento- acaba de rechazar en referéndum la edificación de minaretes en las mezquitas de su país. El pronunciamiento no ha sido contra la religión islámica y sus seguidores -el 5 por ciento de la población suiza-, ni contra el culto y sus lugares. Claro que esos temas no fueron objeto de referéndum. Los suizos han votado la prohibición de construir minaretes, que son las torres de las mezquitas desde donde el muecín llama “pública y en alta voz” a la oración, según establece el Corán. La decisión suiza -esa pequeña nación del corazón de Europa tan sintética de diversidades, lenguas y tradiciones europeas- ha caído como un bombazo que ha hecho temblar los cristales de los edificios políticos e ideológicos. ¿Por qué?Podríamos atribuirlo a la novedad. Es la primera vez que ciudadanos europeos se manifiestan en referéndum sobre un aspecto del Islam. Podríamos minusvalorar esa novedad subrayando que la negativa de los suizos se limita a una anécdota menor, una manía arquitectónica. Nos equivocaríamos. Lo que ha hecho temblar las cristaleras ha sido el enorme iceberg que se teme haya debajo de la punta de los minaretes. Es decir, que a propósito de las torres de las mezquitas, los suizos hayan destapado una convicción psicológica de fondo en otros muchos europeos. Que exista un terror subterráneo y, en consecuencia, un rechazo hacia aquel Islam que nutre o sostiene un terrorismo fanático, de una violencia, crueldad y odio infinitos, inyectado desde la infancia en las madrazas, contra todo lo occidental, cristiano, cruzado y sus ciudadanos; un Islam dispuesto a imponer dictatorialmente, con sangre y fuego si es necesario, la sharia, el burka, las lapidaciones, la sumisión de la mujer, las amputaciones y degüellos; esto es, la negación de toda nuestra tradición política, jurídica y cultural a favor de la dignidad, libertad, igualdad y derechos fundamentales de todos los ciudadanos. Un Islam, en definitiva, que contiene e impone un Estado teocrático. Un abismo respecto de nuestra concepción de la democracia, del Estado de Derecho, de la laicidad del Estado y de la separación entre política y religión. ¿Este miedo es el que, a propósito de los minaretes, explica el inesperado rechazo de los suizos? Y este temor ¿anida, tan subterráneo como intenso y difundido, en la conciencia colectiva de los europeos? Esta sí es una cuestión mayor.

En las aguas turbias del pánico, pescan algunos grupos políticos y se producen convergencias inesperadas. Es cierto que, en la consulta suiza, los partidos de extrema derecha, con argumentos demasiado próximos a la xenofobia y a la intolerancia religiosa, han sido los instigadores del citado referéndum. Y es cierto que, viendo el éxito, los partidos sinónimos de otras naciones europeas afilan sus dientes en busca de promover consultas similares. No es menor verdad -y muy significativa- que los laicistas más radicales, los contrarios a los crucifijos, a los signos y a las raíces cristianas que empapan la identidad europea, ahora parecen coincidir con los obispos helvéticos, incluso con las declaraciones oficiosas del Vaticano, que defienden para todos, incluidos los musulmanes, el derecho de libertad religiosa y el resto de derechos conexos. Con obligada congruencia, las autoridades católicas estiman que el derecho de libertad religiosa ampara la manifestación pública de la fe religiosa, su culto y sus templos propios y característicos. En este sentido, el referéndum suizo plantea una clara conculcación de la libertad religiosa de la propia constitución helvética y los tratados internacionales que la Confederación ha signado. A esa inconstitucionalidad, hay que añadir -y no en tono bajo- que la convivencia en Europa entre cristianos, islámicos, judíos, agnósticos y cualesquiera sólo tiene futuro sobre la base del leal respeto común a los derechos fundamentales de cada persona, a la limpia laicidad del Estado, al reconocimiento de las manifestaciones en sociedad de la fe religiosa de los ciudadanos y a la independencia de los poderes del Estado de Derecho respecto de dictaduras tanto ideológicas cuanto religiosas.

Pero si este es el camino de la civilización y la convivencia, en tal caso también hay que decir -y muy alto, por cierto- que el Islam debe hacer una reflexión interna de gran alcance. Sin ella o prohibiéndola, encastillado en una teocracia que promueve la utilización política de la fe musulmana y proclama la imposición dictatorial de esa religión en la sociedad mediante los recursos y armas de la política, el ejército, los guardianes de la ortodoxia y la policía secreta…; en tal caso, no estamos ante la libertad religiosa, sino ante todo lo contrario.

Mientras esa hipótesis les parezca verosímil a muchos miles de europeos -viendo lo que ven en las dictaduras y en el terrorismo autocalificados de islámicos-, será muy difícil evitar el miedo colectivo y sus explicables rechazos. Pero hay una gran responsabilidad de los sectores no fanáticos, intolerantes y violentos del Islam en significarse, manifestarse y luchar por abrir al Islam, empezando en Europa, a la convivencia en libertades, derechos, pluralismo y democracia.