La Veguilla, un vivero de dignidad

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Son las diez de la mañana de un lunes de noviembre; los cien empleados de La Veguilla -un vivero que vende cinco millones de flores y plantas al año- llevan ya una hora manos a la obra. Su trabajo diario, con una jornada de ocho horas, no tendría nada de especial si no fuera porque más del 90% de la plantilla lo forman personas con discapacidad intelectual; “menos listos”, según ellos.

El presidente y fundador de La Veguilla, José Alberto Torres, recibe a ALBA en su sede de Villaviciosa de Odón (Madrid) con la sonrisa de quien está satisfecho con su trabajo. Nos cuenta que empezó su carrera como funcionario de Hacienda. Cansado de algunos detalles de la Administración, cambió las oficinas públicas por las de un colegio.

“Me surgió la posibilidad de ayudar a los padres del Colegio de Educación Especial Virgen de Lourdes, que decidieron comprar el centro. Estaban angustiados, pensaban en qué sería de sus hijos cuando tuvieran que abandonar el colegio”, recuerda Torres, que ya entonces tenía claro que “el futuro sólo se obtiene si tienes un trabajo. La política, los países, cambian, pero si tienes trabajo, puedes vivir”.

Una historia de éxito

Dicho y hecho; había que buscar un futuro laboral para estas personas y así nació La Veguilla, que antes de ser vivero de flores, fue, hace más de 30 años, otras muchas cosas: “Cometimos el error de pensar que la gente va a comprar lo que a ti te gusta… y estuvimos muchas veces al borde de la ruina; bueno, al borde no; arruinados”, reconoce Torres, que por fin descubrió las posibilidades de las flores.

Para ponerse de acuerdo en cómo gestionar el reto hubo una reunión, no exenta de complicaciones: “Cuando vivía Franco en el colegio todo el mundo era de derechas; en la primera reunión tras la muerte de Franco, había comunistas, ateos, de extrema derecha…de todo”, explica.

Pero no hubo problemas. “Yo les expuse mi concepción de las cosas -la que me enseñó el Opus Dei-; creo que el hombre está hecho para trabajar, que tiene derecho a trabajar y que, si cree en Dios, puede ofrecerle ese trabajo. Curiosamente, todos estuvieron de acuerdo en eso”.

Con esa idea del trabajo como pilar, La Veguilla se ha convertido en punto de referencia en el panorama español. Forma parte de Fleuroselect, organización que engloba a las más importantes multinacionales dedicadas al mundo de la flor y en la que compite en igualdad de condiciones: “No vendemos caridad, sino calidad. Si la gente compra nuestras flores es porque son las mejores; muchos ni siquiera saben que aquí trabajan discapacitados”, explica la bióloga Marisé Borja, directora de I+D de La Veguilla. Y Torres lo ratifica: “La gente nos mira con mucho cariño, pero también con mucho respeto”.

Para entender el éxito de La Veguilla es necesario deshacerse de todos los prejuicios, también de aquellos que vienen de la buena voluntad. “Estamos en una sociedad muy blandita que tiende a la sobreprotección, y las consecuencias son muy gordas. Si sobreprotegemos a los discapacitados porque no creemos en ellos, si no les pedimos cosas porque pensamos que no van a ser capaces de hacerlas, les estamos abocando a que no las hagan”.

Por eso en La Veguilla no hay espacio para la pena ni la condescendencia. No es un taller ocupacional para que pasen el tiempo. “Trabajan con todas las consecuencias: horarios, fatigas y sus recompensas salariales“, dice Torres, para después confesarnos con humor que, como en cualquier empresa, el sueldo es motivo de conversación. “A primeros de año les subo el sueldo, pero también suben los precios de comedor y transporte así que surgen corrillos y, en cuanto me ven aparecer, se disuelven”.

Aunque cualquier día le montan un sindicato, los empleados de La Veguilla rezuman satisfacción por los poros. “Vas viendo cómo mejoran, no solo en lo laboral, sino también en educación y respeto; se dan cuenta de lo que pueden hacer y se sienten mucho más satisfechos y contentos consigo mismos“.

Y lo dice Torres, que además de compartir la jornada laboral con ellos – “aquí es donde más contento estoy”- convive con algunos, con los que se quedan a dormir en la residencia de La Veguilla, bien porque sus casas están muy lejos o porque no tienen una buena situación familiar. “Hay alguno que domina a los padres; les dice, ‘quiero cenar chuletas a las ocho y media’ y, aunque esté todo cerrado, a las ocho y media tiene chuletas. Aquí no; hay que respetar unas normas de convivencia y adaptarse”, asegura.

Laboratorio de alta tecnología

Volviendo a la cuestión laboral de esta empresa que es también escuela de vida, la mejor recompensa del equipo de La Veguilla es ver salir camiones cargados de flores. Y cuando escasean, preocupación: “En la época de invierno, que hay menos pedidos, los trabajadores se preocupan. Yo les digo, ‘tranquilos que ya llegarán’, y en primavera, cuando salen los camiones cargados de flores, hay uno que me dice: ‘Don José Alberto, si no estuviéramos nosotros, no habría jardines en Madrid’”.